miércoles, 25 de mayo de 2011

Come de mí, come de mi carne

Come de mí, come de mi carne

...tomate tiempo en desmenuzarme….
entre caníbales.

Esa mañana tomó el transporte, le tocó de pie pero eso era bueno porque podía observar el comportamiento de los demás y evitar la somnolencia de las 6:00 de la mañana. Divisó el panorama intentando desechar los pensamientos frívolos, sacó su libreta de apuntes para repasar el tema del parcial, leyó en voz baja: “El lenguaje determina la forma de pensar y actuar en el mundo”. Intentó seguir, y obligar a su memoria a tragarse lo que su entendimiento no lograba digerir, pero no pudo; su mente díscola por naturaleza se concentró en la escena que delante suyo se representó: una joven con caderas generosas y pechos apretados desfiló ante la paupérrima pasarela del articulado e instaló sus colosales proporciones en una silla azul, dejando la mitad del trasero por fuera de la silla, anticipándose quizás a que el ingreso de una embarazada o de una anciana la obligara a levantarse. El espectáculo era repulsivo y aún así no podía dejar de mirar: desde el lascivo gesto machorro que seguía la grotesca lucha de las formas exuberantes por no salirse de sus respectivos empaques, hasta la pose coqueta que afloró la tirita del calzón partiendo una cadera rugosa. A su lado dos tipos iniciaron un diálogo en torno a las bondades cárnicas de la muchacha:

-¡Marica! Mire eso “Carne fresca”
-Sí, está buena, como “pa echársela a la muela”, gueon,
-uh marica ¡qué rico!

Al escuchar la particular conversación de los ansiosos machos alfa, se los imaginó como hombres de las cavernas persiguiendo a una res, apenas pelo y comunicación gutural, que les sirvió para atrapar a la presa pero no para disipar la bruma del cerebro, tras imaginarse la escena río en silencio, y se preguntó ¿Quién? y ¿Para qué? había instaurado esa metáfora que sugería que las personas son comida o que los cuerpos se comen: ¿Sería acaso la música de plancha? ¿Las telenovelas mexicanas? ¿Los reality shows? ¿El cine porno? ¿La jerga juvenil? ¿El regeton? … presa de la irritación por tal barbaridad decidió bajarse del vehículo, atravesó varias calles para llegar a la U, y en una de las esquinas un titular que leyó de refilón capturó su atención: “hambre de macho”, el sugestivo enunciado en letras rojas, estaba acompañado por la fotografía de una rubia voluptuosa en posición de ofrecimiento, dedujo que quizás la prensa amarillista había iniciado la relación entre gula y lujuria.

Pero luego, pensó que no importaba quién había dado inicio a la analogía gastronómica, sino las implicaciones éticas que tan sutil comparación tenía, porque entonces, la metáfora acaso sugería que el acto sexual equivale a comer, y si es así, ¿Es posible intoxicarse por tanto sexo?, ¿Existen índices de indigestión al respecto? Además, si hay comida en descomposición ofrecida sin inconveniente en el mercado, ¿Existen cuerpos en descomposición paseándose por las pistas de baile y las zonas verdes de la universidad sin que control de calidad lo reporte? Por otra parte, si para comer hay que pagar ¿Para tener sexo también? Todo esto indica además que ¿Alguien come y alguien es comido?

La alteración suscitada por la reflexión hizo que comentara el episodio con un par de compañeras, de quienes esperaba la cólera feminista que anunciaría la revolución de las piernas cruzadas, pero paradójicamente las mujeres anunciaron una sabia conclusión que no esperaba: “El hecho de que una vea el menú no quiere decir que vaya a romper la dieta”.

Sin adeptos, ni creyentes, su cruzada por la abolición y enjuiciamiento de la metáfora sin siquiera nacer parecía haber terminado. Lo comentó entonces con el profesor que había dicho en clase que el lenguaje determina la forma de pensar y de actuar, se sintió a salvo porque creyó que en él encontraría el brazo de lucha que le hacía falta a su singular protesta; no obstante, el profesor amparado en la mueca petulante del sabio que no sabe nada, le hizo percatarse de que la metáfora era una figura retórica cuyo uso con sentido figurado no excede los linderos de la teoría…ajá y eso qué quería decir, se preguntó, pues obvio, se respondió, que no hay problema, que el mundo de las ideas nada tiene que ver con la realidad, y que es ingenuo pensar en deshumanizar la sexualidad a punta de palabras que se lleva el viento.

Camino a casa, repasó una vez más el asunto, le echó cabeza hasta concluir que quizás se estaba dejando llevar por la histeria, porque en últimas la sexualidad era una posibilidad de libertad y la autorregulación que por estos días acompañaba las prácticas humanas elimina el riesgo de hacer del sexo una industria, que oferta cuerpos rebosantes de deseo, de placer. Respiró con tranquilidad porque superada su crisis platónica volvía a ser mágico el mundo.

Al llegar a casa, escuchó a su hermana la quinceañera seguir a grito herido una particular melodía: “ quiero que me dé diente, pa’ que usted a mí me devore como una fiera, pa que mi otro hombre me devore cuando quiera”…y antes de que su retahíla mamerta de los cuerpos son comida sacara de la efervescencia a la impúber doncella, recordó que la teoría no es la vida y que las palabras se usan en sentido figurado y que una inocente y hasta divertida cancioncita no podía dañar la mente de nadie y mucho menos condicionar las acciones. Era una enorme idiotez pensar que las metáforas mataban o hacían daño, además, quien era para juzgar, cuando en los foforros que armaba con sus amigos del colegio también él, el filosofo amateur, sin pudor alguno repetía una y otra vez: “come de mí, como de mi carne”.